
Una película inolvidable. El experimento cinematográfico que en 1976 marcó la transición post franquista y abrió el camino a la movida madrileña.
El desencanto debe ser uno de los sentimientos humanos más cargados de tristeza. Pertenece a la familia de la desilusión, el desamor y la desesperanza, en su Diccionario de los sentimientos el filólologo español José Antonio Marina dice que es algo que invade al espíritu cuando “la realidad se encarga de decepcionar con su presencia”. Dirigido por Jaime Chávarri en 1976, El Desencanto sería algo así como el superyó cinematográfico de Behind The Music: escandaloso pero poético, patético pero exquisito.
Sucede que habían pasado 12 años de la muerte de Leopoldo Panero, conocido como “el poeta más intimista de la poesía española”, el “poeta de Franco” o “el asesino de los ruiseñores” como lo llamaba Neruda, y en su ciudad natal, la orgullosa y conservadora Astorga, se estaba levantando una estatua en su honor. Entonces, a José Moisés, el menor de los tres hijos del rapsoda astorgano – el guapo, inteligente y sensible Michi, quien a sus 23 años soportaba mal la hipocresía y el aburrimiento históricos que le tocaban vivir-, se le ocurrió rodar una película documental sobre su familia, y convenció su madre y hermanos. Y es así que Felicidad (la viuda cultísima y elegante, la otrora niña bien madrileña casada con el poeta que nunca le dio bola), y los hijos Panero Blanc: Juan Luis, Leopoldo María, y Michi, (cínicos, poetas y locos los tres en distintas proporciones, pero todos casi siempre en algún estado etílico durante el rodaje y su vida en general), desnudaron frente a la cámara profundas intimidades y oscuros conflictos familiares, dando forma a un film que se convirtió en un símbolo de transición post franquista. Fue un experimento que causo revuelo en su época y que asombra incluso hoy, 31 años después, a pesar de estos tiempos de youtube y realitys que corren, o quizás justamente por ello (Los Osbourne jamás tendrán ni las ideas ni el resuelto encanto de los Panero). Con fotografía blanco y negro y la forma guionística de un policial que gira en torno a la “feliz muerte” de un padre cruel y distante, y al genio y figura del hijo del medio Leopoldo María (uno de los más importantes escritores de la lírica española contemporánea, el poeta maldito que lanza libros, firma autógrafos, da entrevistas fantásticas citando a Lacan y vuelve al manicomio). Y Michi, mi panero favorito, hace de entrevistador mientras todos (se) dicen las cosas más hermosas y terribles. El Desentanto fue “el producto cultural más refinadamente subversivo, capaz de hacer volar por los aires las más enraizadas estructuras de la familia tradicional española de comienzos del pasado siglo”, se afirma en la revista LEER, dentro de un dossier dedicado a la obra del menor de los Panero, que murió en marzo de 2004, a los 51 años. Michi Panero fue una figura clave de la movida madrileña, el movimiento que durante los ochenta sacudió de la modorra cultural y la mojigatería a los españoles. Desde el periodismo y la crítica televisiva movilizó conciencias ibéricas hasta poco antes de su muerte. Mujeriego Michi, y se casó dos veces, pero tal como lo predijo en el Desencanto nunca tuvo hijos. Doce años después de la pelicula, ya muerta la madre, participó junto a sus distantes y disímiles hermanos en otro documental: Después de tantos años. Por estos días un grupo de jóvenes cineastas acaba de presentar en Astorga otra película: la Estancia Vacía, y esta vez va sobre Michi, y sus últimos años de vida en Astorga, adonde volvió en la madurez para dedicarse a recuperar obra y memoria de su padre.
Uno puedo conocer sobre la excéntrica saga de los Panero o no, antes de ver El Desencanto, pero igual, la experiencia tendrá la intensidad de aquellas cosas que sólo en una borrachera pueden decirse. Al final, habrá que querer y perdonar a esa encantadora familia de mierda que sobrevivió entre la crueldad y la dulzura, como todo el mundo. Y será inevitable, quizás porque “el amor es algo que sucede en el cine”, Lacan dixit.

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