Mi primer nombre, Rosa, siempre me ha parecido horrible, ¿Conoce usted a algún Clavel Martinez o a un tal Helecho Ramirez, acaso? No, la frescura, el dulce aroma y la belleza del maravilloso mundo vegetal se exigen a la Rosa, la Violeta o a la Margarita, nunca al Juan, al Pepe o al Carlos. A ellos desde el bautizo les tienen permitidas las ojeras de sus malas noches, oler a chivo cuando lo amerite su varonil esencia, o ser feo como el oso porque en el hombre resulta sabroso.A mi mamá tampoco le gustaba mucho llamarme Rosa, y en casa y el resto de la vida fui siempre Ileana. Pero como para contrarrestar, Doña Teresa me celebraba el santo, y cada 30 de Agosto llegaba a casa con un regalo sorpresa, besos y felicidades para su Rosita Ileana.
Acá en Buenos Aires Santa Rosa es una tormenta. Par de días antes o después del santoral se espera la lluvia con ventarrones que más pajaritos muertos y techos volados deja en el invierno. Se anunciaba para anteayer y nada, hoy no se sabe, pero de que viene, viene, aseguran. Sí que recuerdo el horrible temporal del año pasado que, dicen, fue puntual, pero recién caigo en cuenta de que también tengo nombre de evento climático, y, claro, no me gusta más por eso. Sin embargo, mientras espero la tormenta me he puesto a recordar los regalos y los besos de mi mamá, y las caritas de mis hermanos cuyos laicos y bonitos nombres no les servían de nada en esos días,..

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